Profetas

El mundo es un gran teatro al que todos estamos forzosamente invitados. Nadie sabe cuándo ni cómo empezó la función, ni en qué momento, ni de qué forma, terminará (si es que termina). Mientras unos actores salen al escenario, otros van haciendo mutis por el foro, pero el espectáculo nunca se detiene.

Los actores son, a su vez, espectadores y los espectadores, actores, en una curiosa tramoya de la que todavía se desconocen el guionista y el director de escena.

Como en todo reparto, hay protagonistas, antagonistas y actores secundarios y el número y tipo de los personajes es variopinto, pero algunos de ellos han sido realmente interesantes: nos referimos a los profetas.

Aunque hace tiempo que los profetas desaparecieron de la escena (al menos en su versión clásica) las consecuencias de sus palabras y hechos, permanecen.

Los profetas se alejaron del mundanal ruido y se refugiaron en altas montañas o inhóspitos desiertos y allí establecieron una conexión directa y exclusiva con la divinidad.

Dios les proveyó de tablas, códigos y mandamientos y les hizo toda serie de confidencias acerca del destino de sus respectivos pueblos.

Pertrechados de semejante guisa, regresaron de sus desiertos y descendieron de sus montañas con las ideas claras y  un mensaje perfectamente definido.

No soy yo quien os habla –decían- es la divinidad quien se manifiesta en mis palabras

Como argumento de autoridad, no conozco otro mejor. Y funcionó, vaya si funcionó: a ver quién era el guapo que se oponía a la voluntad de Dios impresa en el verbo del profeta.

A veces, los profetas criticaban a reyes y sacerdotes, lo que les acarreaba serios contratiempos y, en ocasiones, la pérdida de la vida; aunque otras veces, aquellos mandamases tenían cierto cuidado de no enemistarse demasiado con quienes tenían hilo directo con la divinidad.

El de profeta parece ser ya oficio de otros tiempos, al menos en su sentido original, como portavoz directo del mensaje divino. Tal vez, en un mundo saturado de blogueros, influencers y redes sociales, la profecía entendida a la antigua usanza se haya vuelto imposible, incluso para un dios.

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